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La magia de la primera eyaculacion

por gustavo
miércoles, 22 de octubre del 2008 a las 17:53
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La magia de la primera eyaculacion.

Un relato de Gustavo Acosta.

De niño, no era chismoso. Muy por el contrario había sido criado, con el precepto; "cada uno hace de su culo un pito y deja que lo toque el mas bonito".

Tiempo después, largos veranos en casa de una tía; y el repentino estiramiento de púber, confabularon para cambiar mi carácter. Mi tía Fanny y mi prima Patricia, al ser bajitas, comenzaron a aprovechar mi altura, para mantenerse al tanto de cada suceso ocurrido en porches oscuros, esquinas y/o zaguanes profundos de la cuadra; sin mencionar  las invasiones a la privacidad por mirar por encima de tapias o a través de ligustrinas.

De manera que en mas de una acción, en mitad de una merienda en el patio de jazmines...-Gustavo, veni-. O mientras estaba en la pileta escuchando "Loly Pop"...  -Negro, dale-.

Yo tenía que ir a mirar por el visor de la puerta del living o por la rendija del postigo de la ventana, como era el novio de la quinceañera del frente, o como estaba vestida la Gonzáles; o si su esposo había vuelto  borracho; o si el vigilante de la esquina le arrastraba el ala a Marita, la niñera de los Ruiz.

De modo que sin proponérmelo, estaba al tanto de la vida de todo el barrio. Y me sorprendía a mi mismo, oírme comentando los datos secretos con otras vecinas cuando nos encontrábamos en el almacén o la verdulería. Cuando cumplía la odiosa obligación de hacer las compras.

Así fue como en una noche de sábado, conocí a Nini. Alrededor de las tres de la mañana, placidamente contemplaba el cielo en la terraza, en donde había tendido mi recado para dormir bajo las estrellas. De pronto, confundido con el canto de los grillos sentí un susurro de angustia...-¡Veni, veni!- Me llamaba mi tía con urgencia, algo pasaba... rápidamente baje por la escalera caracol, cruce el patio iluminado por la luna, en el comedor de diario tropecé con una silla, en el living oscuro, me esperaba Patricia, indicándome que viera por el visor de la puerta. ¿Ladrones en el garaje? ¿Merodeadores en la acera?...Nada, solo dos cuerpos que forcejeaban en las sombras del porche del la casa de en frente. Visiblemente, uno dominaba al otro, la batalla era sin cuartel, ninguno cedía un paso. Entendí que algo pasaba, cuando uno de ellos lejos de tratar de escapar, aferraba a su cuerpo las manos del  rival, y las frotaba por todo su cuerpo. Una vehemencia de luz en el rostro y las formas, me indicaron que uno de los cuerpos, era el de una mujer. Una hermosa mujer.

Patricia y mi tía no paraban de preguntar; quienes eran, como estaban vestidos, si ella llevaba pollera o pantalón, si el parecía ser buena gente o un cualquiera, por que discutían... Yo, que había descubierto lo que hacían; no podía ni responderles (como si la ropa fuera importante). Les mentí diciendo que se habían ido, y subí corriendo a la terraza desde donde tenía una vista panorámica.

Abajo en el porche ellos seguían con su juego. Ella giro su cuerpo y frotaba su cadera a la pelvis del amante, susurraban, suspiraban... ella le entregaba todo su cuerpo para el, giraba la cabeza y lo besaba. Mientras se movían juntos, el tocaba los pechos con locura, la entrepierna, el abdomen, siempre sobre la ropa...pero si el quería alcanzar la piel, ella retiraba la mano, impidiéndole subir la falda o desprender un botón mas. Reían, el protestaba dulcemente con un suspiro que parecía mas un gruñido; y ella sonriendo con un brillo pícaro en lo ojos lo alentaba a seguir, mordiéndole despacito la boca, arrojándole todo el ardor de su aliento en el rostro. Y otra vez la a lucha. Después de unas horas ella giro nuevamente su cuerpo y se puso de frente, entrecruzaron las piernas y se movieron, al parecer, hasta cansarse. Los vi desesperarse, estremecerse; y entregarse al final a un suspiro casi de muerte.

Yo sentí un dolor en el abdomen; un rayo ciego que me paralizo el corazón; luego la humedad y la tibieza.

Había tenido mi primera eyaculacion.

Después de esa vendrían muchas, las primeras, ocasionadas por mi mismo soñando, con la mujer de aquel porche; otras, ocasionadas por la mujer del porche en persona. Ninguna como aquella. No por el hecho de la vulgar descarga sexual, para mi, hasta ese día desconocida; sino por el despertar, el descubrir. La punta del iceberg del amor y el placer.

marlendietrich. ficcion aburrida de clase media alta

por gustavo
miércoles, 08 de octubre del 2008 a las 19:00
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Falto solo un comentario de la crisis global. ¡¡¡risas!!!!

El jardin de los cinco sentidos

por gustavo
miércoles, 08 de octubre del 2008 a las 17:29
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El jardín de los cinco sentidos.

Un relato de Gustavo Acosta

Ibn Jyad Cabi Cutaiba, oro en su cavila mirando a la meca, y después, cuidando no caer en la blasfemia, se dedicó a si mismo algunas palabras de aliento.

Afuera, mas allá de las arenas  los esperaba el enemigo. El ejército infiel, del que el asceta persa Gazali renegaría, los últimos persas que se negaban aun a aceptar la única verdad, que No hay otro Dios que el Dios.

La ultima arenga a la tropa, desaprobada por la mirada del imán, por no ajustarse a la ortodoxia. No estuvo basada en alguna azora, ni refirió al profeta, ni a los ángeles.

Si no que se baso en el discurso de un general romano..."hermanos, si en plena batalla descubren que cabalgan solos en un jardín, no teman por que están en el paraíso y  han sido valientes y ya están muertos. Lo que hagan en vida repercute en la eternidad... Ala, es el único"...

Después de esto, se desato el infierno, Jyad cabalgo al frente de sus ejércitos como nunca. Sentía el calor, la arena, la batalla rodearlo como un manto. Los ríos de sangre persa  que lo salpicaban, lo hacían combatir con más ferocidad que de costumbre. De pronto diviso una grieta, un canal entre los dos ejércitos, que le daba fácil acceso hasta El príncipe Asim, el Dios príncipe de los persas. Hacia allí cabalgo, a degüello limpio la poca resistencia que oponía la custodia, a metros de Asim, lo encegueció un fogonazo...

Se hallo cabalgando solo en una enorme pradera que tenía más allá un bosque majestuoso. La brisa era suave y un sutil perfume a hierba llenaba el ambiente. Alabado sea Ala. Se sintió un poco avergonzado por haber descreído en algún momento. Es decir, siempre tuvo fe, pero no dejaba de pensar que tal ves algunas verdades no eran tan ciertas. Ala le demostraba que se había equivocado.

Llegado al bosque lo recorrió serenamente era el lugar para descansar después de una vida de nómada, llena de lucha por Ala. Había árboles  llenos de enormes frutos, aves que maravillaban con sus gorjeos, arroyos que serpenteaban y llenaban el ambiente con su atareado canto, bellas flores perfumadas. Cada cosa en ese catalogo de maravillas buscaba dar placer a los guerreros de Ala.

Jyad tomo una guayaba, y su pulpa fresca y dulce, lo hicieron olvidar la arena en la boca y los datiles secos y estériles. La sed.

Jyad mojo sus manos en la corriente del arroyo, y la frescura que invadió su carne lo hizo olvidar la tibieza de las aguas lóbregas de los pozos.

Jyad tomo una Ave del paraíso y su color y belleza opacaron a la de todos los desiertos del mundo. Y allí descubrió el perfume, que en el desierto es borrado por el viento.

Jyad oyó el canto de los pájaros, y su melodía  acallo el rugido del viento y sus tormentas del desierto.

Y entonces Jyad oyó la voz de Yibril que lo despedía del paraíso.

Y  sintió  por toda su boca y garganta que le quemaba agua hirviendo, sintió un temblor y despertó en su tienda, herido el hombro por una lanza.

Se levanto con dificultad, pidió a un soldado una pluma, tinta y pergamino.

Escribió desde el amanecer hasta el ocaso de la tarde, sobre el paraíso que Ala  había imaginado, menos para el musulmán que para el árabe que vive y padece el desierto. El árabe que es su hijo directo, el hijo de Ibrahim (Abraham). Escribió ¿y quien lo puede negar? Una guía para los constructores de los grandes palacios, de las grandes mezquitas de Bagdad, de Marruecos, de  Córdoba. Jyad alabo al Único Dios y escribió para el mundo, el poema "El Jardín de los cinco sentidos."

El simbolo de la pluma

por gustavo
miércoles, 01 de octubre del 2008 a las 15:49
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El símbolo de la Pluma.

Un relato de Gustavo Acosta.

¡Oh Wasit! Dijo Jaemasuet, al ver desde las arenas a la ciudad iluminada por la luna. Después me miro sonriendo, e iniciamos el último tramo a la ciudad a todo galope.

Volvíamos de la campaña que nos había detenido, poco más de dos meses, en los confines del delta. Y que sin gloria nos devolvía cansados, enfermos y con menos  de la mitad de la tropa a la que habían consumido la malaria y el desierto.

Jaemasuet, quien dejo a mi cargo el tedio de los quehaceres de la tropa, se había dedicado a investigar algunas leyendas, que según el lo obsesionaban desde niño.

Ciertos mitos sobre el regreso del tiempo, que eran considerados heréticos por nuestra Triada, pero que según el, a pesar de ganarle el repudio de nuestros dioses, habrían de permitirle remediar algunas cosas del pasado.

Jaemasuet, no era del tipo sentimental, muy por el contrario, era un hombre solitario, de carácter impenetrable; y un guerrero  salvaje, frió e invencible. Que había logrado la victoria en mil batallas, pero que en aquel regreso note algo distinto en sus modos. Demasiado confidente, hablándome de su pasado, de la niñez, de amores que le fueron adversos. Pensé en algún momento que la fiebre lo había afectado, que deliraba. Pero la mejoría de la tarde de nuestra partida, cuando con todo su vigor y liderazgo organizo en minutos la vuelta, calmo mis dudas.

Durante la jornada posterior a nuestro regreso, no lo vi en todo el día. El, debía encargarse de rendir honores y dar explicaciones a los Generales del Faraón, de agradecer por la campaña a los dioses en el templo. Debía embriagarse, visitar alguna de sus prostitutas y despertar al amanecer en alguna callejuela del barrio de los esclavos.

Al segundo día del regreso, un soldado llamo a mi puerta.

-El capitán lo espera en el Atrio del Templo, mi señor Amenhir-me indico.

La tarde caía, pero el calor todavía era abrasador. Mi carne sintió alivio al recibir el golpe frió de los gigantes salones del templo, las sombras, el brillo de los pisos, eran reconfortantes como el hielo. En el atrio, Jaemasuet estaba tendido frente a las estatuas de nuestros tres dioses. No vestía de gala y estaba sin la peluca ceremonial. Imagine que la faceta de hereje había llegado a su fin y se arrepentía. Entendí después que lejos de pedir perdón agradecía.

-Amenhir, mi viejo amigo. Gracias por venir-

Su semblante era distinto, no le marcaban la cara el seño fruncido, ni tenia en sus ojos aquella llama de angustia que siempre percibí detrás de su mirada. Sonreía y parecía mas joven.

-No temas amigo- me pidió al notar mi mirada sorprendida.

-Haz venido aquí para ser mi testigo- me dijo mientras me invitaba una copa de vino.

Después, mientras caía el ocaso de la tarde y los sacerdotes llamaban a la oración vespertina, Jaemasuet me contó la historia  que ahora transcribo para ustedes.

Jaemasuet, hijo de una Sacerdotisa y un Traductor de Sueños de la realeza, había crecido entre la magia y la ciencia. Y fue educado para buscar la perfección en todos los órdenes, en las artes, en la Guerra, en el amor. Las artes no le resultaron difíciles ya que era un poeta maravilloso y un gran ingeniero. La guerra le resultaba mas sencilla aun, por tener un talento natural  para el combate. Pero el amor siempre le resulto esquivo.

Amo a muchas. Pero el constante rechazo lo radicalizo más, empeñándose en encontrar el amor perfecto. Que con el tiempo dejo de buscar.

Aun así creía con fervor en todas las tradiciones relacionadas con el tema. Las que le fascinaban eran las del norte, que tenían el privilegio de ser las más melodramáticas y estupidas. Creía, por ejemplo, que existía un número finito de posibilidades. Agotado el mismo no hay mas esperanzas de encontrar el verdadero amor. Según el ya había tenido algunas (las había perdido por no estar preparado). Pero le quedaba una. Aunque temía que esa, en realidad ya había pasado. Creía también en la posibilidad del embrujo, que podía ser hechizado y oír música y ver libélulas como preso de algún delirio místico. De su padre tomo la idea que los sueños se vuelven realidad y en mas de una ocasión visito lugares que según el había soñado buscando a la dama que lo había recibido en el mismo.

Su padre, quien era del Norte, había sido miembro de la secreta Logia de la Pluma. Esta secta era perseguida por profesar creencias previas a la Unificación de las Dinastías, por  lo que eran consideradas subversivas. Los miembros de esta logia aseguraban que todo lo imaginable era posible de realizar basado en el hombre. Así de simple. Y por ello nada tenían que ver lo Dioses; menos los dioses foráneos que venían desde el Sur y eran impuestos por las dinastías del Desierto. Eso si, siempre y cuando en los sueños se viera en la pluma el símbolo que cumpliera el más secreto de los anhelos.

Me confeso que había soñado con la pluma. En ella había visto un nombre, Anisabel y un destino que no me aclaro.

-He vivido y revivido mi vida en pocas horas, como si fuera un sueño- me dijo.

-Pero no dormía- término.

Anisabel, fue su primer amor. Y ella había sintetizado todas sus fantasías. La veía siempre en la corte, cuando acompañaba a su madre a las galas del Faraón. En los campos de Juego para los niños cortesanos, en el templo de Amot.

Le atraía secretamente. Anisabel era por su belleza y linaje candidata a princesa. Pero un día se fijo en el, y allí sintió la música y el delirio, pero sabia que era imposible. Despechado se obligaba cada noche a soñar con otras, caminaba junto a ellas, las besaba, las amaba húmedamente. Al despertar corría al lugar y allí la encontraba, leyendo en los jardines de algún palacio; cuidando a los niños de los criados mientras estos estaban en el campo. La deseaba y el rayo sin luz que lo había atravesado, lo obsesionaba.

Cambiaban presentes secretos, el le escribía poemas y la comparaba con la frescura de las fuentes de los oasis, con la belleza brutal de las dunas, con el azul transparente de las noches del Sahara. Ella le regalaba listones de color amarillo, que estaba prohibido por ser el color del Faraón. Pero no le importaba, por que era rebelde.

Se amaron una tarde junto al rió, entre unos juncos, que los protegieron del sol y de la mirada de la ciudad. Nunca estuvieron tan cerca de otro como aquella vez. La  locura, el ardor, el dolor, la sangre, el rasgo de suprema belleza después de saciarse. El adiós.

Mañana Anisabel partía hacia algún Reino lejano, para ocupar el trono junto a algún príncipe, para ser la primera esposa del hijo de algún gobernador... el solo seria un recuerdo entra lágrimas, mientras otros brazos la abrazan, mientras otro cuerpo la sojuzga y la penetra, la ahoga de sudor, de olor, de saliva indeseable.

-Huye conmigo- le había dicho Jaemasuet.

-Nunca, mi amado- le respondió riendo.

-Yo nací para ser princesa. Y tu jamás serás un rey mi querido-.

-Confórmate. Estos minutos conmigo, justificaran toda tu existencia-

Después se vistió y partió presurosa por el campo.

Jaemasuet lloro hasta el alba en el lecho que los había cobijado. Después en el templo ofreció una ofrenda a Amont, a Nurt, a Khom. Para que le concediera un pedido.

Un hechizo, que le devolviera el amor de Anisabel y le diera venganza.

Cuando ella lo volviera a amar, el la aceptaría, la besaría ciegamente, se entregarías si reparos, le diría que la amaba. Le diría que la perdonaba. Y cuando ella, rendida de cuerpo y alma se entregara, antes de matarla le diría que jamás la había amado.

La noche anterior a nuestra regreso, se había reunido con alguno ex camaradas de su padre, ellos invocaron para el a los espíritus del norte. Y le prometieron que su pedido estaba cumplido.

Por eso la urgencia por volver, desobedeciendo las ordenes de los Generales, para volver a su ciudad a soñar con la venganza.

En Wasit, la noche de nuestro regreso soñó con lo que estaba predestinado.

-Oh, Amenhir. La vi anoche, igual de fresca; joven. Tan despiadada como hacia treinta años-.

Volvió a ignorarme, me flecho con sus ojos como solo ella podía hacerlo. Nos amamos.

En mitad de nuestro encuentro, los espíritus retorcidos del Norte, hicieron el sortilegio.

Y vi en su mirada que había entendido todo. Mi amor, mi dolor, mi desprecio. La vi envejecer en un segundo treinta años. Con los ojos llenos de lágrimas me pidió pendón.

-Oh! Amenhir. No supe que hacer- me dijo apesadumbrado, el viejo capitán.

-¡Padre!- grito un niño que venia desde la calle, le hablaba a Jaemasuet.

-Mama nos espera para partir- le dijo mientras le tomaba la mano.

Lo vi partir cruzando el Primer Patio.

De pronto no reconocí algunos lugares del Templo. Sobre todo algunas alas que veneraban deidades extrañas, Dos gemelos y una Loba. Un sol en una cuadriga tirada por caballos. Una barca.

Los esclavos no estaban, la ciudad estaba en ruinas... 

Donde estaba la esplendida ciudad de las Cien Puertas (como la  llamo Homero). Donde estaba Tebas, Uas, Uasep. Indefensa por que su gran guerrero la había abandonado, por seguir, el secreto símbolo de la Pluma.

                                                                                         ...dedicado a Ana Lozano...

Voy a romper todas tus reglas

por gustavo
viernes, 19 de septiembre del 2008 a las 16:27
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VOY A ROMPER TODAS TUS REGLAS

 

Un poema de Gustavo Acosta

Y cuando quieras que te asalte y te desgarre,

y en medio de tu ardor, exijas mi toque.

Voy a ser para ti un niño que nada sabe.

Imaginare que necesitas tiempo.

Que quieres que te conozca, que  valla más lento.

Me alejare. Y desde lejos veré como te enfrías.

Y cuando quieras que sea dulce.

Y con tus ojos me pidas que te diga que te amo;

que busque en nuestro mundo;

 las exactas palabras y las caricias que necesitas;

seré para vos un animal.

Encenderé las luces, para verte desnuda;

y no me importara tu pudor.

Y tal vez, si tengo ganas te de lo que pretendes.

Ahí sabrás que todo ha terminado,

Que no hay mas nosotros.

Que vos y yo ha muerto para siempre.

Voy a romper todas tus reglas.

Jael

por gustavo
jueves, 18 de septiembre del 2008 a las 20:28
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JAEL ...

UN RELATO DE GUSTAVO ACOSTA

                                      ..."A mi primer amor"                            

 

Algo en el soplo de la noche que llega adelantada y absoluta parece predecirte. Por eso el goce elemental del cristal en las esquinas me lleva en cada cuadra a otras cuadras; lejanas, distintas a esta ciudad que siempre miro, como distintos serán los ojos que te vean, como esta llovizna que olvidará su rol de pesadumbre plomiza, dejando de lado el tic tac de maquinaria, para volverse manos que interpretan un colosal aplauso y transformar cada gota en una secreta y dulce picadura.

Y al regresar embrujaré mi casa; y multiplicaré sus alas y sus cuartos, y encenderé todas las luces; esconderé en el torpe foso de mí tender un secreto para que lo descubras, y haré una alfombra del pedregal de mis jardines.

Ignoraré el hecho de no escuchar tus pasos al llegar; y para no incomodarte, inventaré alguna excusa para no oírlos partir; no importará si no hay tacones campaneando en las estrellas, porque las sombras de los rincones desaparecerán ante tus ojos y el aguijón de  la radio hueca será borrado por tus susurros.

Sesgaremos con nuestra risa las fanfarrias de los duelos, sacudiremos el polvo, limpiaremos las hojas del invierno, seremos uno.

Y si al parar la lluvia también cesan nuestros besos, no seré yo quien te despida, sino el sol que llama a volver al inevitable hallazgo de tu ausencia.

La copla del barquero

por gustavo
miércoles, 17 de septiembre del 2008 a las 14:12
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La copla del Barquero.

Un Cuento de Gustavo Acosta

 

¡Mira, mira!

Allá viene el Barquero.

Viene detrás de la niebla.

Va llegando al embarcadero.

 

Alista tu barca deprisa;

Quiero escapar de la guerra.

Llena tus velas de brisa.

Llévame pronto a mi tierra.

 

Dos monedas no me pidas.

No me hagas pagar peaje.

Dos monedas no me exijas.

Tu! Te harás cargo de este viaje.

 

Ya lo ves rudo barquero.

Nadie es dueño de nada.

Ni de mí, ni de la tierra.

Ni si quiera de tu velero.

 

 

Dentro de las muchas piezas musicales que recopilo e investigo el Antropólogo y Músico Colin Galton, se encuentra la que el llamo "La copla del Barquero".

Una antigua canción baladí, compuesta por unos pocos versos y una melodía monótona, que refiere al personaje de la Mitología Griega, que llevaba (dos monedas de oro mediante) a los muertos a la otra tierra.

Nada hay de romántico, ni épico en la copla, declararía mas tarde. Si mucho dolor y tristeza.

A pesar de lo cual, jamás deja de maravillarlo. Le sorprende como este personaje mitológico griego, pasa a formar parte del folclore de los grupos oprimidos de Latinoamérica, mezclado con ciertas ideas políticas de mediados del siglo  diecinueve.

A Galton no lo ganan su lírica o su melodía primitiva, sino su simbolismo, la impertinencia y la herejía, cuyo origen es la desazón; pero que llevadas a la música se volvían un canto de esperanza.

Como el negro spiritual de los esclavos americanos que morían soñando con el Rió Jordán. O el  Reggae Jamaiquino que canta a Jah y sueñan con volver a Zion.

Ambos cantan con gloria al día en serán guiados por su Dios hacia el paraíso; poniendo fin al sufrimiento y la lucha.

Por el contrario, en la copla del barquero esta implícita la lucha, por que estos que cantan, no lo hacen a un dios que los redimirá del sufrimiento, ya que juran que este los ha abandonado hace tiempo. Saben que llegaran en tumulto a la costa, por que alguien los ha matado en masa. Y no tendrán dos monedas de oro para pagar el viaje, por que se las han robado antes de matarlos.

Y allí parados en la costa, empezaran nuevamente a paladear el sabor que han masticado toda su vida. Y les aterrara saber que podrían sentirlo por toda la eternidad. Y habrán de Gritar, y revelarse, como siempre lo han hecho.

Pero de pronto verán atravesando la bruma a la nave del barquero. Mientras amarra lo verán alto, barbado, de semblante sereno. Lo verán calmar con una mirada a la turba que se agita. Y preparar la barca; para cruzar, por orden de llegada y de a uno, solo a quienes tengan su boletito en la mano.

Y cuando gire para izar las velas, un cascote le pegara en la cabeza haciéndole volar la corona de laureles. Y la barca será tomada por ellos, y habrán de ubicarse como puedan; unos, amarrados con una cuerda flotando en el agua, otros como pájaros sentados  en las velas, y quienes caigan, serán abandonados. Así emprenderán el viaje al otro lado, por que allá ellos se encargaran de hacer un paraíso para todos.

Misa isabel

por gustavo
lunes, 08 de septiembre del 2008 a las 19:29
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En seguida vendrán. Las caras sonrientes, ilusionados por que creen que me sorprenden.

Espero hayan encontrado todo. Creo no haber sido tan obvia. Y es que cada vez se me complica más alcanzar los estantes altos de la alacena. Por eso debí distribuir los ingredientes por todos los rincones de la cocina según un riguroso orden. Que esboce al pasar, en forma de acertijo. Para que la tarea de invadir mi cocina tuviera también sabor a aventura. Deje listos los recados, para que solo tuvieran que armar los postres y la torta. Y las velas, obvio que menos de las requeridas. Se que les gusta, ensuciarse, reír mientras "cocinan" y recuerdan su infancia. Hablar de mí con cariño y cierta insolencia, cuando repiten las historias oídas a sus padres.

Que yo era la menor de 5 hermanas y que era muy intrépida. Que la secreta cicatriz de mi quijada, fue el producto de una pelea con el mayor de los Peralta Gerreiro, que había pretendido llamar mi atención, ganándome ¡a mi! una carrera a caballo. Que di a luz y crié diez hijos, que la revolución me quito dos. Y que había respetado y honrado a mi esposo hasta su muerte. Pero si hablan de mí como mujer, siempre susurran. Que era bellísima y tenía muchos pretendientes; y que un día había sido besada por el joven hijo de un virrey.

Cuan lejana suena aquella frase, "había sido besada por el joven hijo de un virrey". Tan lejano como el aguacero que llena el ambiente con esta fragancia a tierra mojada, tan lejana como aquella noche en la que yo igual que ahora, miraba la lluvia parada en esta galería; y sentía de pronto el rumor, que en la plaza levantaban las tropas del rey, llegadas para sofocar unos de los primeros levantamientos rurales.

Que inocentes e ignorantes éramos las niñas del pueblo, que no veíamos a los oficiales como terribles opresores, sino como gallardos y valientes candidatos. Todos menos uno. Todos menos aquel con quien me cruce la mañana siguiente, camino al convento jesuita. Sentado junto al arroyo seco, lloraba con el rostro entre sus manos. La chaqueta de capitán gigante, el cuello largo y ojos azules profundamente sinceros.

Nos vimos un momento. Jamás había visto alguien con dientes tan blancos; el de mi diría que me vio saludable.

Se llamaba Gabriel; y era el hijo del Marques de Arredondo, el Virrey.

La vida es loca, llevaba dos años de cortejo (de los diez que requería la tradición) con quien luego seria el padre mis hijos, pero en ese tiempo en ninguno momento había sentido tanta piedad, ni tantos deseos de consolar a alguien, como lo había sentido con aquel muchacho desconocido.

No recuerdo, o mejor, he decidido no recordar, como llegamos a ser tan íntimos. Lo cierto es que era prohibido. Para mi por mi rol de niña bien criada y prometida, para el por deberse al ejercito. Su padre lo envía en contra de su voluntad a participar de la campaña, para que la batalla lo volviera hombre y lo preparara para su futuro en la vida pública del virreinato.

Nos reunimos por las tardes y en las noches. En el monte. Lejos de la mirada curiosa de los capitanes y mis amigas. Hablamos. Me conmueve con la poesía de libros antiguos, me dice que la guerra no sirve, que el preferiría no militar en la política y ser un pastor en algún mundo boreal y ver las estrellas en la noche azul. Y si hubiera alguien con quien compartir ese sueño seria conmigo. "Su  amiga, Misa Isabel".

El día que nos habíamos conocido había partido la primera columna, a explorar y sondear las fuerzas de los insurrectos, que habían montado su campamento detrás de los picos de la Cuchilla de la Tristeza. Jamás regresaron. Una tras otra, 5 columnas en total habían partido en estos quince días. Y nada se sabia de ellos.

Terribles cosas se decían de los insurrectos, que eran demonios degenerados, que comían viseras, que no respetaban a mujeres y niños. Que Vivian como animales y que su cabellera y su barba llegaban hasta el piso.

La tarde del quince de septiembre, desde lejos lo vi llorar. Al acercarme entendí lo que sucedía. Su columna partiría al amanecer.

Lloraba mientras me decía que temía no sobrevivir. Jamás volvería a ver a sus padres, a sus caballos, sus libros. Nunca más podría pasar una tarde conmigo.

Mientras moría la tarde, con el viento nos llegaba el estruendo de la batalla. Detrás de las cumbres de la cuchilla, centellaba el cañoneo y la metralla. Mezcladas en la brisa, como fuegos fatuos, nos llegaban voces que oraban, voces que vivan a la patria, voces que maldecían.

Nos abrazamos. Aquella noche el volvería a su cuadra para alistarse para la batalla, yo a mi vida de prometida. Cada uno a su manera se preparaba para la muerte. Y entonces claramente supe lo que haría.

-Esta noche iré a tu alcoba- le prometí- Deja la ventana abierta.-

Al entrar a su cuarto, me invadió un perfume antiguo de madera rancia, del ron. Del que bebí un par de copitas. Había dejado una rosa deshojada sobre la almohada.

Me desnude para esperarlo.

Nada importaba. Mañana habría de confesarme ante el cura como una cualquiera, desgarrada y feliz. Mañana las otras misas, sabrían que aquel inocente y jovencito capitanejo me había embriagado y se había aprovechado de mí.

Mañana el seria un hombre embistiendo a la artillería y yo una mujer, independiente y libre.

Y por la madrugada habría de despedirlo. besando su pecho y el mis ojos. Y nunca nos olvidaríamos uno del otro.

Y por la madrugada, me despertó el clarín. Que ordenaba el avance de la tropa a la batalla. Y me vi en la cama sola, desnuda y todavía virgen.

Nunca supe mas de el, no se si murió o volvió a su poesía. Si no le guste o tal vez no estaba preparado.

Pero para mí que había sido rechazada, para mí que nunca había sido besada por el joven hijo de un virrey. El mundo no fue el mismo. Por que siento que desde aquel día llego tarde a todas partes.

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Comentarios

Voy a romper todas tus reglas (mitia)
bueeeennnna Aniuskaaaa  Chang!!!!!!! me alegro por vos.lo que te quise decir en realidad, (perdon ......(26 sep)
Voy a romper todas tus reglas (Aniuska)
hola señor mitia soy aniuska le queria dar las gracias por sus consejos la verdad son muy lindos . ......(26 sep)
Voy a romper todas tus reglas (Aniuska)
hola señor mitia le recomiendo por favor que lea un articulo que acabo de escribir acerca de mi ......(25 sep)
Voy a romper todas tus reglas (aniuska)
si pensaba que eras una mujer disculpame y te llamas gustavo? cuantos años tienes? es que quiero ......(19 sep)
Voy a romper todas tus reglas (aniuska)
hola mitia soy aniuska una pregunta eres una chica o un chico? es que estoy confundida...(19 sep)

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