El símbolo de la Pluma.
Un relato de Gustavo Acosta.
¡Oh Wasit! Dijo Jaemasuet, al ver desde las arenas a la ciudad iluminada por la luna. Después me miro sonriendo, e iniciamos el último tramo a la ciudad a todo galope.
Volvíamos de la campaña que nos había detenido, poco más de dos meses, en los confines del delta. Y que sin gloria nos devolvía cansados, enfermos y con menos de la mitad de la tropa a la que habían consumido la malaria y el desierto.
Jaemasuet, quien dejo a mi cargo el tedio de los quehaceres de la tropa, se había dedicado a investigar algunas leyendas, que según el lo obsesionaban desde niño.
Ciertos mitos sobre el regreso del tiempo, que eran considerados heréticos por nuestra Triada, pero que según el, a pesar de ganarle el repudio de nuestros dioses, habrían de permitirle remediar algunas cosas del pasado.
Jaemasuet, no era del tipo sentimental, muy por el contrario, era un hombre solitario, de carácter impenetrable; y un guerrero salvaje, frió e invencible. Que había logrado la victoria en mil batallas, pero que en aquel regreso note algo distinto en sus modos. Demasiado confidente, hablándome de su pasado, de la niñez, de amores que le fueron adversos. Pensé en algún momento que la fiebre lo había afectado, que deliraba. Pero la mejoría de la tarde de nuestra partida, cuando con todo su vigor y liderazgo organizo en minutos la vuelta, calmo mis dudas.
Durante la jornada posterior a nuestro regreso, no lo vi en todo el día. El, debía encargarse de rendir honores y dar explicaciones a los Generales del Faraón, de agradecer por la campaña a los dioses en el templo. Debía embriagarse, visitar alguna de sus prostitutas y despertar al amanecer en alguna callejuela del barrio de los esclavos.
Al segundo día del regreso, un soldado llamo a mi puerta.
-El capitán lo espera en el Atrio del Templo, mi señor Amenhir-me indico.
La tarde caía, pero el calor todavía era abrasador. Mi carne sintió alivio al recibir el golpe frió de los gigantes salones del templo, las sombras, el brillo de los pisos, eran reconfortantes como el hielo. En el atrio, Jaemasuet estaba tendido frente a las estatuas de nuestros tres dioses. No vestía de gala y estaba sin la peluca ceremonial. Imagine que la faceta de hereje había llegado a su fin y se arrepentía. Entendí después que lejos de pedir perdón agradecía.
-Amenhir, mi viejo amigo. Gracias por venir-
Su semblante era distinto, no le marcaban la cara el seño fruncido, ni tenia en sus ojos aquella llama de angustia que siempre percibí detrás de su mirada. Sonreía y parecía mas joven.
-No temas amigo- me pidió al notar mi mirada sorprendida.
-Haz venido aquí para ser mi testigo- me dijo mientras me invitaba una copa de vino.
Después, mientras caía el ocaso de la tarde y los sacerdotes llamaban a la oración vespertina, Jaemasuet me contó la historia que ahora transcribo para ustedes.
Jaemasuet, hijo de una Sacerdotisa y un Traductor de Sueños de la realeza, había crecido entre la magia y la ciencia. Y fue educado para buscar la perfección en todos los órdenes, en las artes, en la Guerra, en el amor. Las artes no le resultaron difíciles ya que era un poeta maravilloso y un gran ingeniero. La guerra le resultaba mas sencilla aun, por tener un talento natural para el combate. Pero el amor siempre le resulto esquivo.
Amo a muchas. Pero el constante rechazo lo radicalizo más, empeñándose en encontrar el amor perfecto. Que con el tiempo dejo de buscar.
Aun así creía con fervor en todas las tradiciones relacionadas con el tema. Las que le fascinaban eran las del norte, que tenían el privilegio de ser las más melodramáticas y estupidas. Creía, por ejemplo, que existía un número finito de posibilidades. Agotado el mismo no hay mas esperanzas de encontrar el verdadero amor. Según el ya había tenido algunas (las había perdido por no estar preparado). Pero le quedaba una. Aunque temía que esa, en realidad ya había pasado. Creía también en la posibilidad del embrujo, que podía ser hechizado y oír música y ver libélulas como preso de algún delirio místico. De su padre tomo la idea que los sueños se vuelven realidad y en mas de una ocasión visito lugares que según el había soñado buscando a la dama que lo había recibido en el mismo.
Su padre, quien era del Norte, había sido miembro de la secreta Logia de la Pluma. Esta secta era perseguida por profesar creencias previas a la Unificación de las Dinastías, por lo que eran consideradas subversivas. Los miembros de esta logia aseguraban que todo lo imaginable era posible de realizar basado en el hombre. Así de simple. Y por ello nada tenían que ver lo Dioses; menos los dioses foráneos que venían desde el Sur y eran impuestos por las dinastías del Desierto. Eso si, siempre y cuando en los sueños se viera en la pluma el símbolo que cumpliera el más secreto de los anhelos.
Me confeso que había soñado con la pluma. En ella había visto un nombre, Anisabel y un destino que no me aclaro.
-He vivido y revivido mi vida en pocas horas, como si fuera un sueño- me dijo.
-Pero no dormía- término.
Anisabel, fue su primer amor. Y ella había sintetizado todas sus fantasías. La veía siempre en la corte, cuando acompañaba a su madre a las galas del Faraón. En los campos de Juego para los niños cortesanos, en el templo de Amot.
Le atraía secretamente. Anisabel era por su belleza y linaje candidata a princesa. Pero un día se fijo en el, y allí sintió la música y el delirio, pero sabia que era imposible. Despechado se obligaba cada noche a soñar con otras, caminaba junto a ellas, las besaba, las amaba húmedamente. Al despertar corría al lugar y allí la encontraba, leyendo en los jardines de algún palacio; cuidando a los niños de los criados mientras estos estaban en el campo. La deseaba y el rayo sin luz que lo había atravesado, lo obsesionaba.
Cambiaban presentes secretos, el le escribía poemas y la comparaba con la frescura de las fuentes de los oasis, con la belleza brutal de las dunas, con el azul transparente de las noches del Sahara. Ella le regalaba listones de color amarillo, que estaba prohibido por ser el color del Faraón. Pero no le importaba, por que era rebelde.
Se amaron una tarde junto al rió, entre unos juncos, que los protegieron del sol y de la mirada de la ciudad. Nunca estuvieron tan cerca de otro como aquella vez. La locura, el ardor, el dolor, la sangre, el rasgo de suprema belleza después de saciarse. El adiós.
Mañana Anisabel partía hacia algún Reino lejano, para ocupar el trono junto a algún príncipe, para ser la primera esposa del hijo de algún gobernador... el solo seria un recuerdo entra lágrimas, mientras otros brazos la abrazan, mientras otro cuerpo la sojuzga y la penetra, la ahoga de sudor, de olor, de saliva indeseable.
-Huye conmigo- le había dicho Jaemasuet.
-Nunca, mi amado- le respondió riendo.
-Yo nací para ser princesa. Y tu jamás serás un rey mi querido-.
-Confórmate. Estos minutos conmigo, justificaran toda tu existencia-
Después se vistió y partió presurosa por el campo.
Jaemasuet lloro hasta el alba en el lecho que los había cobijado. Después en el templo ofreció una ofrenda a Amont, a Nurt, a Khom. Para que le concediera un pedido.
Un hechizo, que le devolviera el amor de Anisabel y le diera venganza.
Cuando ella lo volviera a amar, el la aceptaría, la besaría ciegamente, se entregarías si reparos, le diría que la amaba. Le diría que la perdonaba. Y cuando ella, rendida de cuerpo y alma se entregara, antes de matarla le diría que jamás la había amado.
La noche anterior a nuestra regreso, se había reunido con alguno ex camaradas de su padre, ellos invocaron para el a los espíritus del norte. Y le prometieron que su pedido estaba cumplido.
Por eso la urgencia por volver, desobedeciendo las ordenes de los Generales, para volver a su ciudad a soñar con la venganza.
En Wasit, la noche de nuestro regreso soñó con lo que estaba predestinado.
-Oh, Amenhir. La vi anoche, igual de fresca; joven. Tan despiadada como hacia treinta años-.
Volvió a ignorarme, me flecho con sus ojos como solo ella podía hacerlo. Nos amamos.
En mitad de nuestro encuentro, los espíritus retorcidos del Norte, hicieron el sortilegio.
Y vi en su mirada que había entendido todo. Mi amor, mi dolor, mi desprecio. La vi envejecer en un segundo treinta años. Con los ojos llenos de lágrimas me pidió pendón.
-Oh! Amenhir. No supe que hacer- me dijo apesadumbrado, el viejo capitán.
-¡Padre!- grito un niño que venia desde la calle, le hablaba a Jaemasuet.
-Mama nos espera para partir- le dijo mientras le tomaba la mano.
Lo vi partir cruzando el Primer Patio.
De pronto no reconocí algunos lugares del Templo. Sobre todo algunas alas que veneraban deidades extrañas, Dos gemelos y una Loba. Un sol en una cuadriga tirada por caballos. Una barca.
Los esclavos no estaban, la ciudad estaba en ruinas...
Donde estaba la esplendida ciudad de las Cien Puertas (como la llamo Homero). Donde estaba Tebas, Uas, Uasep. Indefensa por que su gran guerrero la había abandonado, por seguir, el secreto símbolo de la Pluma.
...dedicado a Ana Lozano...